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Exceso de auto-exigencia: dándonos permisos.


Como muchas otras de mis publicaciones ésta la comienzo también entonando el “mea culpa”, aunque claro, viendo el título de la misma igual mejor lo cambio esta vez por: “tomando conciencia”.

Hace mucho tiempo que me di cuenta que era una persona con un nivel de auto-exigencia muy alto y cuando esto lo cuentas, en general pero más aún a otros auto-exigentes, lo ven como una característica súper positiva, de hecho es la típica que sale en las entrevistas de Recursos Humanos a los junior en las empresas de consultoría: “dime 3 cualidades que consideras que posees” y, ¡zasca!, ahí sale la primera: “uy, pues que soy súper auto-exigente”. Pues la idea que tengo con este post es haceros ver que todo está bien pero en su justa medida.

Como muchas otras características de la personalidad esta también puede tener parte de su origen en la educación que recibimos en la infancia: en casa, en el colegio (tipo de colegio), compañeros (muy competitivos o menos), entrenadores deportivos, etc.

Uno de los aspectos que contribuye a que un niño (y luego adulto) se convierta en una persona con excesiva auto-exigencia son los comentarios que yo llamo “bien – pero”: “bien la nota de ese examen, pero no te relajes que es cuando vienen los disgustos” o “¿solo un 7?”, “si Juan puede saltar esa altura, tú no vas a ser menos” (igual Juan no tiene las mismas cualidades físicas). Este tipo de puntualizaciones aparentemente inofensivas y casi siempre bienintencionadas de parte del adulto hacia el niño, empiezan a sembrar en la mente una sensación de que nada de lo que hagan va a ser suficiente, hay que hacer más y más, así que pasamos de una capacidad de superación y esfuerzo sana a niños y niñas obsesivos con su rendimiento (académico, deportivo, etc.) y nunca satisfechos del todo. Si a esto le añadimos la necesidad del niñ@ de ser aceptado por el adulto pues ahí tenemos el caldo de cultivo perfecto.

¡Cuidado que también lo hacemos entre adultos!, en relaciones de pareja, con amigos y con nosotros mismos.

Todo esto que os comento puede llegar a hacer mella en la autoestima de cualquiera y poner en duda la percepción de sus propias capacidades, esto en consecuencia genera una sesión muy desagradable de indefensión que puede llevar a importantes bloqueos emocionales y a nunca terminar de disfrutar los logros alcanzados ni la satisfacción del camino bien trazado.

¿Dónde podemos encontrar el equilibrio?

La respuesta la dirijo tanto a padres y madres que puedan poner remedio con sus pequeños como a adultos que quieran rectificar.

Inculcar a los niños espíritu de superación está muy bien y hacerlo con nosotros mismos también pero, como os comentaba antes, siempre en su justa medida y sobre todo, siempre validando cada paso, no consentir que lo conseguido pierda valor de forma inmediata porque ya se transformó en un logro y solo mirar a lo siguiente.

Mi segunda recomendación es tratar de no caer en el inconformismo patológico y en la comparación constante con los demás, la realidad es que siempre va a haber alguien que lo haga mejor que tú (o que tu hijo) pero eso en ningún caso significa que lo tuyo no sea bueno y sea meritorio.

Y por último, mi recomendación más valiosa, el “darse permisos”. Durante ese proceso SANO de superación personal seguramente haya algún fracaso, alguna vez que hayamos decidido vaguear, no trabajar tan intensamente o perdido la motivación, por favor, no os martiricéis por eso, daros el permiso de ser humanos, de sentiros débiles en alguna ocasión y de fracasar en otras sin llegar a pensar en que el mundo se derrumba, ¡no lo hace!, mañana será otro día y lo podemos volver a intentar.

Como citaba el célebre de Voltaire (y mi querido padre repetía hasta la saciedad):

“Lo Perfecto Es Enemigo de lo Bueno”

A ver si averiguáis por qué opinaban de tal forma.

Ana S. Preysler

Psicóloga colegiada M-23895

Especialista en Psicología Infanto-Juvenil

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